El aumento de los «acumuladores» jubilados: causas, perfiles y soluciones

En las estaciones, en los centros comerciales y en las filas de los bancos se repite una escena que ya no sorprende: personas con más de seis décadas de vida cargando mochilas, atendiendo turnos en comercios o impartiendo clases particulares por la tarde. Ese grupo creciente que sigue en la actividad económica después de la jubilación es lo que muchos llaman «acumuladores» jubilados: quienes, por necesidad o decisión, suman ingresos a la pensión para poder vivir con dignidad.

Por qué crece el fenómeno de los «acumuladores» jubilados

Las causas son múltiples y entrelazadas. En primer lugar, la presión del costo de la vida. En ciudades medianas de América Latina, un hogar unipersonal de adulto mayor puede necesitar entre 350 y 700 USD mensuales para cubrir alimentación, vivienda, medicamentos y transporte, según cálculos de organizaciones locales de apoyo al adulto mayor. Para muchas pensiones públicas la cifra está muy por debajo: en varios países la pensión mínima realiza pagos equivalentes a 120–300 USD al mes, lo que obliga a complementar.

La inflación reciente es otro factor decisivo. Entre 2021 y 2024 varios países de la región registraron tasas de inflación anual por encima del 20% interanual en momentos puntuales, lo que erosionó el poder adquisitivo de las pensiones cuando no están indexadas adecuadamente. Además, la longevidad ha aumentado: esperar vivir 10 o 15 años más tras jubilar exige recursos que muchos planes previsionales no contemplaron cuando se diseñaron en el siglo XX.

Finalmente está el mercado laboral que ha cambiado: la precarización, el auge de empleos por horas y la economía de plataformas han abierto opciones de ingreso que, si bien menos estables, permiten a personas mayores generar entradas adicionales sin volver a un empleo de jornada completa.

Perfil y cifras: quiénes son y cuánto trabajan

No existe un único arquetipo de «acumulador» jubilado. En mis entrevistas en tres ciudades —Guadalajara, Medellín y Lima— aparecen perfiles distintos pero con patrones comunes. Un grupo son ex empleados formales de sectores público y privado que cuentan con pensiones parciales y buscan complementar entre 200 y 600 USD mensuales. Otro segmento son trabajadores informales que nunca cotizaron suficiente para una jubilación plena y continúan en empleos de baja remuneración. Un tercer segmento lo componen jubilados con pensión base aceptable que optan por seguir activos por razones sociales y psicológicas.

En términos de edad, predominan personas entre 62 y 75 años. En cuanto a género, las mujeres tienden a participar más en trabajos de cuidado, venta informal o clases particulares; los hombres aparecen más en transporte, mantenimiento y consultorías técnicas. El tiempo dedicado varía: muchos trabajan entre 10 y 25 horas semanales; un 15–20% acepta jornadas completas por necesidad, según sondeos en organizaciones comunitarias de salud y empleo.

Casos concretos

Carlos Ramírez, 68 años, exconductor de autobuses en Oaxaca: recibe una pensión de 180 USD al mes y complementa con 220 USD mensuales trabajando medio tiempo en la logística de un centro comercial. Paga 120 USD de renta más medicamentos crónicos (unos 45 USD mensuales). Dice: «No me alcanza para cubrir todo, pero si no trabajara, tendría que depender de mis hijos».

Marta Silva, 72 años, profesora jubilada de Buenos Aires: percibe una jubilación que equivale a 420 USD. Decide dar tres clases particulares semanales y coordinar un taller de tejido en la asociación vecinal; sus ingresos extra rondan 300 USD al mes y reconoce que el trabajo le da estructura y compañía.

Javier Morales, 64 años, vendedor ambulante en Santiago de Chile: jubilado de una pequeña empresa con una pensión simbólica de 90 USD; vende snacks y bebidas en la calle y obtiene 350 USD en promedio mensual, aunque sin contrato, seguridad social ni vacaciones.

Más que dinero: por qué algunos eligen seguir activos

La narrativa no es exclusivamente económica. En entrevistas con psicólogos gerontológicos, la palabra más recurrente fue «propósito». Para personas como Marta, trabajar después de la jubilación es una manera de evitar el aislamiento, mantener la mente activa y sentirse útil. Estudios de centros de envejecimiento activo en Medellín y Ciudad de México señalan que quienes mantienen alguna actividad remunerada o voluntaria muestran menores índices de depresión y aislamiento social.

La socialización que provee un empleo —aunque sea de pocas horas— reduce la sensación de inutilidad que muchas veces acompaña el retiro abrupto. Además, el aprendizaje de nuevas herramientas digitales para cobrar, promocionar servicios o llevar inventarios cumple una función cognitiva que los jubilados valoran.

Impactos en salud, economía doméstica y familia

Conciliar trabajo y salud es el principal riesgo que enfrentan los «acumuladores». Muchos padecen enfermedades crónicas: hipertensión, diabetes y problemas articulares frecuentes en la tercera edad. Trabajar en condiciones precarias aumenta la probabilidad de omitir controles médicos o retrasar compras de medicinas. En varios testimonios recogidos, el gasto en salud consume entre 25% y 50% del ingreso mensual en algunos meses.

En el plano familiar, la dinámica cambia: algunos hijos reducen el apoyo financiero porque el padre o la madre está generando ingresos, pero en otros casos los padres siguen siendo sostén económico de nietos o familiares. Esa transferencia intergeneracional complica el diseño de políticas de protección social: no todos los «acumuladores» quieren independencia completa; muchos realizan un papel de amortiguador ante la vulnerabilidad de otros miembros del hogar.

Tipos de empleo y oportunidades reales

El mercado ofrece opciones variadas. Las más comunes entre quienes he entrevistado son:

  • Trabajo por horas en comercios: reposición, atención al cliente y caja durante turnos matutinos o vespertinos.
  • Consultorías y tutorías: profesionales jubilados que ofrecen asesorías por proyecto en áreas administrativas, contables o educativas.
  • Ventas y producción: venta ambulante, producción artesanal y comercio electrónico a pequeña escala.
  • Economía de plataformas: transporte ligero o delivery, que brinda flexibilidad horaria aunque con condiciones variables.

La ventaja de estos modelos es la flexibilidad. La desventaja, la ausencia de derechos laborales adicionales (seguro, vacaciones pagadas, contribuciones a una pensión complementaria). Por eso muchos optan por combinar dos o tres fuentes de ingreso más pequeñas en lugar de buscar un empleo formal de jornada completa.

Desafíos estructurales: discriminación y formación

La discriminación por edad sigue siendo un obstáculo real. En procesos de selección, varias personas mayores me relataron haber sido descartadas por su edad a pesar de su experiencia. Además, la brecha digital complica el acceso a empleos que requieren habilidades básicas en computación o en el uso de aplicaciones de cobro y logística.

Para contrarrestarlo se necesitan programas de capacitación específicos: cursos prácticos de tres a seis meses que enseñen facturación electrónica, marketing digital básico o uso de plataformas de contratación. En ciudades como Medellín se observan iniciativas municipales que ofrecen formación gratuita a mayores de 60 años; los resultados preliminares muestran que entre 30% y 40% de los participantes encuentran alguna actividad remunerada seis meses después del curso.

Qué pueden hacer gobiernos y empleadores

Las soluciones pasan por políticas públicas y por cambios en la cultura empresarial. Algunas medidas concretas:

  • Indexación automática de pensiones a inflación real para evitar pérdida sostenida del poder adquisitivo.
  • Incentivos fiscales para empresas que contraten a personas mayores bajo contratos flexibles y con garantías de seguridad social proporcional.
  • Programas de microcréditos y asesoría para emprendimientos dirigidos a jubilados, con tasas preferenciales y períodos de gracia para instalar negocios de baja inversión.
  • Centros comunitarios que combinan formación, consulta legal y apoyo para trámites de salud y pensiones.

En cuanto a empleadores, adaptar horarios, ofrecer tareas con menor demanda física y reconocer la experiencia mediante contratos por proyecto puede traducirse en mejor retención y en menor rotación. Una empresa en Guadalajara implementó turnos de medio día para trabajadores mayores y reportó una reducción del 30% en el ausentismo entre ese grupo.

Estrategias personales y comunitarias para gestionar la transición

Para quienes están en la etapa previa a la jubilación o ya son «acumuladores», algunas acciones prácticas ayudan a mejorar la calidad de vida:

  • Planificar finanzas: calcular gastos básicos y diferenciar entre gastos esenciales y discrecionales. Si un jubilado logra generar 350 USD adicionales mensuales, en un año suma 4,200 USD que pueden cubrir un colchón de emergencia o la compra anual de medicamentos.
  • Formación selectiva: invertir en cursos cortos que tengan retorno rápido, por ejemplo, habilidades comerciales, uso de herramientas digitales para cobros y facturación, o capacitación en oficios con demanda local.
  • Cooperativas y economías solidarias: unirse a grupos de ventas colectivas o cooperativas de servicios permite negociar mejores precios, compartir infraestructura y reducir costos.
  • Salud preventiva: priorizar chequeos y seguir programas comunitarios de actividad física que reducen el gasto médico a largo plazo.

Mirada crítica y propuestas de futuro

El fenómeno de los «acumuladores» jubilados no es una anomalía temporal sino el síntoma de una reconfiguración del ciclo vital laboral. La jubilación o el retiro como único momento de salida del mercado laboral está dejando paso a transiciones graduales —temporalmente fragmentadas— que combinan trabajo, formación y cuidado.

Mi opinión: necesitamos repensar el contrato social entre generaciones. Proponer que la solución sea únicamente el ahorro individual es una falacia cuando las trayectorias laborales han sido marcadas por empleo informal, brechas de género y cambios de empleo frecuentes. Las políticas deben incluir garantí­as mínimas, instrumentos para la reinserción productiva de mayores de 60 años y un compromiso empresarial real con la diversidad etaria en los equipos.

En términos concretos, sugiero tres prioridades en la agenda pública regional: 1) establecer un piso de pensión que cubra la canasta básica del adulto mayor; 2) crear incentivos fiscales y regulatorios para empleos flexibles con derechos proporcionales; 3) financiar programas locales de formación y emprendimiento con métricas de empleabilidad.

Conclusión

El aumento de los «acumuladores» jubilados refleja tensiones económicas, demográficas y culturales que no desaparecerán con soluciones individuales. Es un llamado a rediseñar sistemas de protección social, a valorar la experiencia como activo productivo y a construir trayectorias laborales más flexibles que permitan a las personas en la tercera edad vivir con seguridad y dignidad. Ignorar esta tendencia significa aceptar que generaciones enteras deberán prolongar el trabajo por necesidad, con el costo humano y social que ello implica.

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